Demonios Terrenales – Capitulo 4 – Infierno

Fecha: 05/02/2020

Autor: Helena

Categorias: Historias, Literatura

Demonios Terrenales - Foto tomada de: https://www.flickr.com/photos/beija-flor/6086530001

¡¡¡Aviso Importante!!!: La siguiente publicación literaria no es apta para todo público, mucho menos para gente sensible. Contiene temas muy oscuros pero realistas, por lo que se considera +18. Bajo tu propio riesgo puedes continuar leyendo y disfrutar de la lectura como lo que es, una obra literaria.

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Capitulo 4 – Infierno

Las religiones, usualmente bipartidistas, concuerdan en un concepto altamente conocido. Un lugar de miserias donde pecadores y condenados son desterrados a la tortura eterna. Son castigados bajo la ira de su deidad y la custodia de su verdugo, sufriendo burlas y gritos de sus habitantes demoniacos.

Dante tuvo la certeza de dividir el infierno en círculos, cada cual, para su propio pecador, variando así las desdichas que les hacían padecer a los infelices.

A diferencia del poeta, para Esteban, el infierno se concentraba en un solo nivel. Un cuadrado que limitaba toda posible existencia fuera de él, presentándose como la última estación de trenes a la cual viajaría.

Para Esteban, el infierno era una pequeña habitación repleta de niños. Oscura y poco acogedora, con un suelo sucio y manchado, con una esquina llena de orina y otra de heces fecales. La luz era opaca y casi inexistente. Los olores rancios, como si de un mar de flores marchitas se tratases; el olor a heces, a vómitos y las lágrimas bañaban la habitación con aire de matadero, aunque en el fondo fuera un sitio mucho peor.

Los murmullos provenían de sus habitantes: todos niños como él, aterrados y paralizados por sus propios demonios invisibles. Por sus propios demonios interiores.

Una fría escalera los separaba de la única puerta de salida, que estaba cerrada a cal y canto. Las arañas tejían a voluntad con las ratas recorriendo los pequeños espacios, temerosas de acercarse a los infantes. Sus correteos eran la melodía de la noche. Las cucarachas, por su parte, no temían, y paseaban por encima de más de un niño, quien, indiferente a su vida, no se inmutaba ante la presencia de insectos asquerosos. La putrefacción estaba en el aire y el moho les hacía compañía en cada rincón.

Los niños estaban apretujados uno al lado del otro con la espalda en la pared, abrazando a sus piernas, temblando, o en estado vegetal viendo un punto fijo de la habitación.

Eduardo murmuraba para sí mismo, hablando con lágrimas en los ojos.  A veces parecía decir muchas cosas al mismo tiempo, a veces hablaba muy despacio, arrastrando las silabas. Katherine se jalaba los cabellos, con fuerza y brusquedad, deseando arrancárselos y dejar al desnudo el cuero debajo de ellos. Su cabeza estaba llena de costras y sangre. Tifanny se mordía los dedos, al parecer sin motivación alguna. Andrés giraba en el suelo, revolcándose con suavidad, bañándose de la porquería que cerca se encontraba. Ángel no decía nada, pero a la nada miraba, fijamente, hipnotizado, perdido y catatónico, ajeno a su alma. Hernán repetía “Dios castiga a los niños malos” sin cesar, una y otra vez, una y otra vez; a veces entre gritos, a veces entre susurros, a veces riendo, a veces llorando. Y así, siguiendo el demencial patrón, había otros niños más perdidos en su propio averno, residiendo en aquel infierno.

Esteban los miraba. Por un momento, un rayo de cordura iluminó su mente y le permitió recordar cómo eran antes de llegada la condena. Recordó que estudió con Ángel y Hernán. Recordó que Ángel había sido el primero de ellos en ser traído aquí. Los múltiples moretones, cortes y cicatrices que lo recorrían eran evidencia de ello. Esteban se preguntó, tontamente, como estaría Lucy, con quien se estaban divirtiendo sus “Demonios” –como se había acostumbrado a llamarlos– desde hace varias horas.

En cierta forma, él sabía la respuesta a esta pregunta. La conocía al detalle. Aunque también dependía del humor y la creatividad que tuvieran los “Demonios” ese mismo día. Sabía que Lucy sería violada, ese ritual nunca fallaba cuando uno de ellos era llamado y llevado arriba. Los golpes, latigazos y humillaciones también eran ya una rutina; le desgarrarían la piel, le quebrarían un par de dedos. Pero en ocasiones agregaban algo diferente.

A Hernán habían obligado a beberse la orina de Tifanny. Ángel tuvo que violar a Katherine por obligación, mientras “El Demonio” le gritaba “¿¡Lo estás disfrutando, verdad!?”. Esteban tuvo que golpear Eduardo repetidas veces y sin piedad con un barrote de metal, sin poder detenerse, escuchando cómo se le rompían los huesos.

Porque no, no podían detenerse. Quien se detuviera provocaría un castigo mayor para ambos.

No solo eran torturados por los demonios, también debían torturarse entre ellos mismos.

Esteban era consiente de muy poco. No sabía la hora que era, ni el día.; no podía determinar cuánto tiempo llevaba ahí. Pero lo que de verdad le preocupaba, era como estaba olvidándose de lo que alguna vez vio cómo su vida. Cada vez que intentaba recordarlo, su cabeza le dolía y los ojos se le llenaban de lágrimas. Cualquier recuerdo feliz había sido opacado y no hallaba en su mente más que el sufrimiento padecido desde lo que parecía una eternidad. No podía recordar el nombre de sus padres o de ningún familiar. Creía que tenía un hermano, pero no estaba muy seguro. Nada, su mente estaba tan quebrada como varios de sus huesos y casi toda la boca, ahora carente de dientes que le tumbaron en base a golpes.

De lo poco que estaba seguro, es que en donde sea que estuviera, en otras habitaciones, había más niños como él. Lo sabía porque había escuchados sus gritos de lamentos atravesando el concreto. Algunos pedían auxilio, otros suplicaban por piedad, algunos deseaban la muerte. Todos fueron callados con violencia.

Eran largos los periodos de tiempo en los que debía de esperar antes de que les dieran comida, aunque esta siempre fuera un plato pequeño de basura que debían repartirse, junto con un poco de agua sucia.

En una ocasión arrojaron un pedazo de carne bien cocinado al centro de la habitación y obligaron a los niños a luchar por él. Esteban fue el vencedor, pero su victoria fue amarga.

Estaba roto.

No era más que una anima siendo obligado a vivir, desfalleciendo en su respiración y añorando el fin con un deseo enorme y horripilante.

No importaba si nada podía recordar, pues no necesitaba sus recuerdos. Lo que alguna vez fue o pudo ser había sido borrado del mapa y su nombre no eran más que un chiste que ahora temía escuchar. Cuando escuchaba “¡Esteban!” temblaba de pánico, pues le continuaba un capítulo de presenciar y vivir el mismo infierno. Sintiendo sus entrañas arder mientras escuchaba la risa de los “Demonios” tras él, disfrutando en cada muestra de perversidad.

¿Cuándo lo matarían? Esperaba que fuera pronto.

Ningún atisbo de felicidad o esperanza se hallaba en su mente. Su corazón era un simple órgano que lo condenaba a seguir sufriendo segundo tras segundo. Lo odiaba, odiaba a su corazón; lo odiaba por seguir latiendo sin detenerse para dar por terminado su miserable existencia. No odiaba a los “Demonios” porque tenía miedo de hacerlo, creía que, si los odiaba, ellos lo sentirían y vendrían a darle un castigo extra.

Ellos lo veían todo. Lo sabían todo. Lo percibían todo. Ellos eran los dueños del niño que fue llamado Esteban por unos padres convertidos en sombras oscuras y desvanecidas. Ellos eran Lucifer, Hades, La Parca, Yahvé, Visnú, y toda otra cualquier señal de poder absoluto. Un simple pensamiento podía ser sinónimo de dolor, aunque no se comparaba con la incertidumbre de lo que podría suceder, aunque ya hubiese sucedido. Ese miedo estaba siempre latente. Ahí, acechando, riéndose en el oído de Esteban y todos los niños.

Debía caer en la resignación. Debía olvidarse de que seguía vivo y refugiarse en la existencia del nada, como había hecho Ángel. Tal vez de ese modo pudiera dejar de sentir dolor, dejar de llorar, dejar de intentar recordar lo que nunca volvería.

Debía dejar de vivir.

Un grito se hizo presente en la habitación. Venía de afuera. Probablemente era Lucy. En aquel lugar, todos los gritos parecían iguales.

El tiempo seguía y los gritos se repetían una y otra vez, martillando a Esteban, aunque este no se inmutara.

En un momento cedieron y el silencio regresó.

La puerta se abrió, provocando que cada niño se arrinconara en sí mismo.

Lucy fue lanzada adentro. La pequeña cayó en el centro, en posición fetal, con los ojos muy abiertos en estado de shock y sin poder dejar de temblar. La sangre brotaba de su entrepierna, pero no daba más muestras de dolor que sus temblores. Simplemente se quedó ahí. Tirada en el suelo, como una muñeca desechada.

La mujer de la puerta habló:

— ¿Ahora quién sigue?

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Siguiente: Capitulo 5 – La vecina – Parte 1

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Notas:

Puedes leer los demás capítulos con la etiqueta: Demonios-Terrenales.

El autor de esta obra es Samuel Molina. Puedes seguirlo en sus redes sociales: Twitter  y Youtube.

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PD:

No te puedes rendir, cuando se trata de niños.

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