Demonios Terrenales - Foto tomada de: https://www.flickr.com/photos/beija-flor/6086530001

Demonios Terrenales – Prólogo

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¿Si un árbol cae y no hay nadie que lo escuche, aún hace ruido?.

Así reza la conocida paradoja filosófica. La respuesta puede ser sencilla y obvia: todo objeto contundente proyecta sonido al impactar el suelo, ignorando sus acompañantes, pero este sonido pierde importancia al no ser escuchado.

Es como esos llantos escondidos en el manto de una noche, teniendo la luna como su único testigo; como la agonía pérdida en el vacío de la nada, sin un eco que repita sus lamentos; un augurio de soledad que estremece el espíritu de quién, en su dolor, le grita al silencio; o los sollozos que retumban en la noche sin perturbarla, sin alterarla, sin disminuir su eternidad.

Ejemplo de esto, bien podrían ser los llantos de Ángel Palacios, un niño de 12 años, que llora desnudo en el suelo sin alguien que desee escucharlo. Él se encuentra en una llanura desolada, acostado en la tierra boca abajo, mientras entre gritos y quejidos, la suciedad entra por sus fosas, atascándose con el nudo en su garganta.

La noche es implacable, pues contempla con malévolo morbo su dolor. A lo lejos, pero muy a lo lejos, aun se alcanzan a ver las pocas luces de su pueblo natal.

Ángel grita, llora, súplica y reza por la imposible posibilidad de ser rescatado por algún superhéroe salido de esas luces que parecen el edén del infierno. Pero nada ni nadie acude en su ayuda, en este momento nada ni nadie piensa en él.

A diferencia del árbol que cae en medio de la nada, Ángel sí tiene a alguien quien lo escuche; son dos sombras que a sus espaldas le observan mientras sonríen, son un hombre y una mujer. Ella sonríe sin decir palabra, mientras sostiene en alto su videocámara. El hombre resopla como animal cansado, viendo las marcas rojas en la espalda de Ángel, resultado del látigo que lleva en sus manos.

Ambos podrían ser el vacío infinito, pues ignoran todo llanto del pequeño; al contrario, se regocijan de él y lo golpean pidiendo más.

Las criaturas de la noche, como serpientes e iguanas, se alejan arrastrándose hasta sus madrigueras, debido a los gritos de Ángel. Gritos que sonaban después de un latigazo; un latigazo y un grito, otro latigazo y otro grito, así, innumeradas veces.

Ángel siente sus lágrimas correr por sus sus mejillas y cierra los ojos. Su mente muestra una realidad distorsionada por lo alterado de sus pensamientos.

Sus padres, amigos y su vida en general, todo, ha dejado de existir para convertirse en un infierno. Ellos están allá, en el edén, en las luces, en su pueblo, pero no pueden escucharlo; sus padres no pueden saber que esa noche su pequeño ha sido golpeado, ha sido desnudado, humillado, manoseado y arrastrado por el suelo, obligado a comer tierra para luego beber orina; no tienen forma de saber que su hijo añora la muerte casi tanto como a ellos.

El hombre que le escupe en la nuca a Ángel, es alto y delgado; oculto entre las sombras, su cinturón brilla bajo la luz de la luna mientras se lo quita; dejando libre el pantalón mientras se baja el cierre. Sus pantalones llegan hasta su tobillo y le hace señas a la mujer para que le enfoque el miembro.

La cámara le graba, resaltando una cicatriz curveada que tiene en la muñeca.

Ángel ya no puede moverse y no está seguro de querer hacerlo. Siente como unas pesadas manos se posan en su nuca y lo golpean contra el suelo. Mientras un aliento caliente baña su cuello, unas manos rasgan su espalda lentamente hasta descender a sus mulos.

Esos dedos fríos y ásperos que recorren su piel le provocan escalofríos y asco mientras recorren su cuerpo desnudo.

Ángel se resiste, pero es golpeado. Pide ayuda, pero es ignorado. Reza, pero no recibe respuesta.

Una lengua húmeda recorre su mejilla y sin previo aviso algo se introduce en él. Sin miedo ni piedad, el hombre arremete contra él, sujetándolo por el cuello para que no pueda moverse. Lo martilla una y otra vez haciéndole sangrar.

El hombre gime y Ángel grita.

A pesar del insoportable dolor, su mente se niega a aceptar por lo que esta pasando.

Aquel hombre sigue moviendo las caderas con brutalidad, introduciendo cada vez más su miembro en el pequeño, haciéndolo estremecer de dolor.

El delgado hilo que separa la vida con el presente se rompe y todo se convierte en un remolino sin sentido de dolores y sensaciones. Una inocencia se desvanece en el aire para jamás volver, siendo devorada por hechos que se convertirán en recuerdos, y estos en pesadillas.

El infierno toma su lugar en el mundo convirtiéndolo en tierra de demonios; demonios que danzan alrededor de un chico de doce años, burlándose de las lágrimas en su mirada vacía. Un alma que se rompe como vidrio quebrado, un ser divino que calla y observa llorando, pero impasible.

El viento ha dejado de soplar y el silencio se apodera de todo lo que alguna vez fue risa, misteriosa melodía ya perdida. Las hojas manchadas del cuento de hadas se arrojan sobre él, impidiéndole ver más allá de sus párpados.

El tiempo pierde sentido en cada golpe, en cada gemido del hombre y en cada carcajada de la mujer. Con ese miembro dentro del niño destruyendo algo más que su cuerpo, despojándolo de su niñez. La sangre baña la escena extendiéndose por sus muslos.

Sin clemencia, el hombre acaba en su interior, para luego separarse de su juguete.

Ángel yace en el suelo, sin saber si está vivo o muerto; tampoco es que le interese saberlo. No existe nada en él, pues nada le ha quedado, todo ha ardido en un frío miserable.

Ángel ya no existe, o eso quisiera, es un ser sin respiración en su alma, pero el hombre aún no ha saciado su sed. Para Ángel Palacios aún queda una larga noche.

Obra de:
Serazor
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Este, es tan solo el prologo de una obra literaria creada por mi estimado Serazor, publicada en este espacio con su permiso.

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