¿Alguna vez has sentido un momento como si fuese realmente el último de tu vida?. No hablo de momentos teóricos, sino de momentos literales. Esta es mi experiencia en un terremoto de México.

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Ya había acabado con mis pendientes en el blog, incluso había acabo con mis ratos de ocio. Era tarde, ya pasaban de las 23hrs y solo quedaba dormir para comenzar a “cargar pila” para el día siguiente.

Estaba acostada en la cama, justo en ese momento donde estas y no dormido. En ese momento donde estas consiente de tu entorno pero no puedes reaccionar a él porque, prácticamente estas a punto de quedarte cien por cien dormido. Justo en ese momento:

La cama comenzó a sacudirse, poco a poco comenzó a notarse lo obvio: es un temblor.

Regrese a la conciencia total. Me levante y me quede sentada a la orilla de la cama, dividida en dos opciones: Salir al patio o quedarme (pues siempre son pasajeros). Mientras mi mente se convencía de la segunda opción, algo estaba mal, el temblor ya había durado mucho.

No es que un temblor dure minutos ni mucho menos horas. Pero cuando ocurre, tu instinto sabe cuántas milésimas de segundo han pasado, tu ser esta consiente de que si bien un temblor dura apenas 1 o 2 segundos. El sentir que ya han pasado más de 5 segundos es indicador de que algo no va bien.

Decidí salir al patio que me brinda esta gran azotea donde vivo. Hice una parada debajo del marco de la puerta para voltear a todos lados y buscar a mis gatos, aquellos que solo esperaban mi reacción para actuar. Al verme desesperada  y rosando la histeria, salieron corriendo a la casa del vecino, como si de verdad estuvieran más seguros ahí.

Ya habían pasado más de 10 segundos y cada segundo que pasaba, el temblor se sentía más fuerte. Llego un momento donde pareciese que se detendría, pero solo fue para tomar impulso.

En un movimiento tectónico con fuerza, golpeo sin piedad la tierra, haciéndola sacudirse de manera inesperada.

Mi corazón latía muy rápido, el miedo intentaba paralizar mis pies, mi mente en blanco se comenzaba a llenar de desesperación, de impotencia, mientras el temblor de un momento a otro paso a ser terremoto, uno que seguía creciendo en fuerza y de manera constante.

Podía escuchar como las cosas dentro de la casa se caían, incluso se escuchaban cosas cayendo en las casas de los vecinos. Los gritos de la gente junto al crujir de las paredes acompañaban el rugir de la tierra. (Si! nunca había escuchado a la tierra rugir mientras se movía, es como si estuvieras encima de un león enfurecido, lleno de ira).

Reaccione a tiempo y abandone mi marco de puerta. Al vivir en segunda planta mi preocupación era que el piso se abriera debajo mío. Incluso llegue a pensar que la tierra se abriría y se tragaría casas completas.

Corrí al borde de las escaleras que daban a la calle, pero me detuve a contemplar el horizonte que me proporciona el estar en segunda planta. Podía ver todas las casas a lo lejos tambalearse como gelatina. De repente todas las luces de la ciudad se empezaron a apagar por secciones hasta dejar todo en penumbra.

Trataba de estar alerta, trataba de no perderme y pensar rápido.

Las aves comenzaron a levantarse en vuelo en grandes parvadas. Parecían sombras que salían de la tierra entonando un canto desesperado. Jamás perdí la fe, pero entre en resignación cuando una de esas sombras paso sobre de mí. La observe y desee poder volar para no estar sobre la tierra cuando esta se abriese. Regrese mi mirada a la oscuridad del horizonte, a esa oscuridad que se ilumina con las explosiones de transformadores de luz y con las enormes “chispas” que provocaban los cables del alumbrado público al chocar entre sí.

Al ver una escena tan de película del fin del mundo, me lo creí, creí que era el fin de los tiempos. Ya habían pasado más 40 segundos y el terremoto no perdía fuerza. No podría ser nada más, era el fin de los tiempos, era el fin de mi vida.

Con resignación acepte la realidad, con calma y gratitud por haber vivido, espere a que esto terminara de una manera u otra. Quería llorar pero mi ego me lo impidió, solo podía sentir tristeza y melancolía.

Siempre he creído en Dios, en una fuerza suprema que gobierna el “todo”. De mi mente y mi boca querían salir un ¿Porque? Dirigido a él, pero era obvia la respuesta a esta pregunta. Inconscientemente le solté un susurro: Por favor!. Era tanto lo que sentía que pedía por mi familia, por mis amigos, por cada una de las personas que me tendieron su mano de manera desinteresada y aún más cuando realmente lo necesite. Era tanto lo que sentía que incluso pedía por mí, por un perdón supremo, por una muerte tranquila.

Y se detuvo…

El volumen del crujir de la tierra y las paredes bajaba. El movimiento seguía constante pero iba perdiendo fuerza, el terremoto había acabado. Pero mi nerviosismo no, mi miedo seguía y mis ganas de entrar en histeria también.

No había tiempo de perderse ahora que esto había terminado. Sin pensarlo regrese dentro de la casa, busque mi teléfono y marque a mi madre, a toda mi familia. Todos ellos viven en diferentes estados de la república mexicana y un terremoto de esta magnitud no pudo haberse conformado con Chiapas. Para mi alivio todos estaban bien, en mi caso, solo fue un horrible susto.

Sin embargo no todos corrieron con mi suerte. Entrar a las redes sociales, saber que un terremoto de 8.2 grados Richter nos golpeo, ver que no todos sobrevivieron a él, que no todos pudieron regresar a resguardarse a una edificación estable, ver que no todos vivieron esta pesadilla igual te deja mucho por lo cual reflexionar, mucho que valorar… Mucho por lo cual temer.

 

La noticias

El pasado jueves 7 de septiembre del 2017, México vivió el segundo terremoto mas devastador en su historia. También fue el más intenso en casi 100 años a la fecha. Fue un terremoto de 8.2 grados Richter que surgió a 133Km de las costas de Chiapas y que logro sentirse a cientos de kilómetros a su alrededor. Afectando a varios estados de México e incluso a naciones vecinas como Guatemala. Dejando a decenas de personas afectadas, dejando a personas sin vida.

Justamente al terminar de redactar este post, ocurre otro terremoto en México, esta vez el 19 de septiembre del 2017. Con un epicentro entre los estados de Morelos y Puebla. Con una fuerza de 7.1 grados Richter, afectando también a varios estados de la república alrededor del epicentro. Dejando a cientos de personas afectadas y decenas de personas sin vida. Dos grandes y terribles terremotos en menos de 15 días. Este último, justo a 32 años del terremoto de 8.1 grados el cual devasto a la capital de México el 19 de Septiembre de 1985. Una fecha que ha dejado cicatriz en la nación.

 

He escuchado a lo lejos el réquiem de mi muerte. El verdugo no puede ser uno más justo que madre naturaleza. Conozco el miedo que hoy día viven muchas personas que han vivido estas situaciones: No poder dormir en las noches con el miedo que esto se repita.

Mis oraciones, mis mejores deseos y la mejor de las buenas vibras hoy están, no tan solo con los míos, sino también con toda la gente que ha pasado y sufrido la furia de la naturaleza. Recuerden que hay poderes mas fuertes sobre nosotros que tienen decisión suprema sobre nuestras vidas. De nosotros depende calmar la ira que ejercen nuestras acciones y de preferencia, no desatar tal furia.

Publicado por Helena

Escribía para mí hasta que me di cuenta que me lees, ahora escribo para ambos, porque hay algo que nos une en esta hermosa e irónica vida.